miércoles, 24 de octubre de 2012
Levantamiento
martes, 16 de octubre de 2012
Pepita y el conejo
viernes, 12 de octubre de 2012
Barro
viernes, 5 de octubre de 2012
No pasa
Aunque no es desesperante, hace calor esta mañana.
Aquí un poco de calor más allá de lo normal es apenas agradable, y no pasa de ser un motivo para quitarse la chaqueta o el saco y dejar ver la camisa blanca, inmaculada o no.
Al salir a la esquina veo que el reloj de la avenida marca la misma hora desde hace dos semanas. Son demasiado precisos mis pasos y mis movimientos a esa hora de la mañana, hasta el punto de parecer que los mismos carros pasan por la avenida exactamente en el mismo momento sin que se modifique su horario ni en un segundo. Los buses de los colegios llevan a los niños medio dormidos y sus caras, con pocas ganas de haber salido de sus camas, miran por la ventana a toda una bandada de adultos responsables.
Yo soy uno de ellos, uno que no se da cuenta de su estado.
Sigo mis pasos simplemente, como si fuera cosa de otra circunstancia distinta a mi voluntad que transcurre en recuerdos de sonrisas acariciables con los ojos. Pero los números del reloj me devuelven a la conciencia de la falta de conciencia, de verme mecanismo, objeto preciso y coordinado, parte de una falacia que aparece como vida, cuando realmente no es sino carencia de vida, cuando vida precisamente es todo lo contrario, o lo que se antepone a esto, es decir lo que mi mente se permite, aunque mi mente se permita cada vez menos, y otras cosas que no importan se metan en ella como gusanos que carcomen el tuétano para enconarse y convertirse en una alimaña pegajosa.
Pero sigo caminando, tan mecánico que la marcha de mis pies se va acomodando sola a las irregularidades del camino, que ya son regularidades, es decir, simplemente guías que se van sintiendo en las plantas. Miro al suelo entonces y trato de descubrir debajo del polvo de los demás zapatos que han pisado tantas veces el mismo polvo, e indefectiblemente me encuentro con la huella de mis zapatos, de mis zapatos nuevos que pisaron ayer el mismo piso, y me siento como si le pusiera a Heráclito el pie en la cara, cuando piso mi huella otra vez, y entonces, seguro de que no soy tránsito sino cosa y que la cosa se queda pase lo que pase, ya no me fijo, y sigo caminando cruzando la avenida sin mirar a ningún lado porque lo estoy viendo todo, en el tiempo y el espacio, y en ése momento el carro del escolta del ministro, que seguramente también piensa lo mismo, porque tampoco me ha visto, o me vio indiferente, deja una huella imborrable sobre mi.
miércoles, 3 de octubre de 2012
El escorpión se pica a sí mismo
lunes, 1 de octubre de 2012
La danza macabra
Alucinado en medio de la desesperanza, con los bordes romos, la pelota rueda, el cubo se detiene por fin, desmoronándose por cada esquina.
Otro hombre le pidió ayuda para morir. Con los gestos de la mano le hizo entender que era sordo, que no entendía lo que le decía. Luego volteó su cuerpo y se marchó. El otro cayó en el piso sentado, con la luna bajo sus pies.
...
Sordo a si mismo el hombre comenzó a mirar la cuerda que lo sostenía con una suerte de rabia. Había hecho mal el nudo.
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Un poco más adelante la roca lo esperaba con una sonrisa, como invitándolo a sentarse sobre ella, en vez de caer sobre ella.
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El vómito, ya cansado, lo miró inocente, como diciéndole que no tenía culpa de ése olor a cianuro.
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El filo de la cuchilla se rió del temblor de sus manos.
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Con el gas al cuello la ventana gritó su ahogo a los cuatro vientos.
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La pistola, en cambio, le mintió, el humo si era blanco.
jueves, 27 de septiembre de 2012
Descuento
El hombre salió caminando, luego, con la mano derecha extendió un pensamiento, lo detuvo y se subió en él. Siguió caminando sentado en el asiento y sus pasos, tan silenciosos, rodaban por el suelo, sin pisar a nadie, sin pisar nada más que el suelo. Cuando hubo llegado, perdió su pensamiento en una ruidosa despedida y volvió a sus pasos, pisándolo todo y callado se encaminó hacia el silencio. Al abrir la puerta, ella lo saludó un poco cansada por el movimiento del día, y al cerrarla, la despidió con la espalda.
El ruido salió saltando en timbres incesantes y luego cayó en la ignorancia. Sonriente por su triunfo inesperado, durmió su sombra en el perchero y se desnudó de su silencio para saludar.
Luego, partido desde su habitación hacia la noche, viajar entre sus pliegues durante las sábanas hacia el aliento de ella perdido en su garganta. Y así, de golpe, sin darse cuenta, se descubre de la noche en el día de la mano perdida que se había despedido de sí en la escritura de su nombre. Y se encuentran sin reconocerse, seres sin sombra, ni mirada.
La noche vuelve con el alba, y encubre las viandas de las conexiones incesantes. Se resuelve a abrir los ojos y sueña con dormir. Decide quedarse y vuelve a las intransigencias de las sábanas ya separadas y sin pliegues; terco en su inseguridad las abraza para poseerse, las encuentra sin sentidos y ellas lo descubren, llenándolo de su conciencia.
El agua lo despoja de ella, y el vapor lo devuelve a las brumas de su verdad. Una vez revestido de olor, se encubre la cara con olor y se ata a la fiereza por el látigo. Finalmente se va, sin despedirse, porque dice adiós.
Por los pasos perdidos, haya en la mediación de su alma los disimulos de los pensamientos y con cierta premura los desbarata en frases difusas de sentido, enarbolando perlas de desorden ensartadas en hilos transparentes. Todo el día cubre su sol con las nubes de su pensamiento y añora la desesperanza de un amanecer tardío de entre la boca de un animal, para redescubrir sus pasos.
Mientras.
Ella se desvanece en la caricia de su mano cuando no se encuentra en su descanso, hasta que de momento su calma lo derrite en el pasado de la puerta. El golpe de la mirada al ocaso no disimula su amanecer, cuando el sonido entrecortado se disimula en su sueño.
Visto en lo deshecho, los restos la recubren, una de sus manos lo despide, la otra lo acaricia. Es más, su calma lo empuja hacia el camino, luego lo quita de él, y se sepulta en un río de calor del que resucita desnuda en un ropaje oscuro. Se embebe en un brebaje y desborda su cuerpo por el límite de la taza, hasta encontrar el fondo. Desde entonces se añora una fracción de segundo, por la piel de la que se ha perdido. Otros pasos recorren su andar hasta que con la vista los haya en la puerta ya saliendo también, entonces los alcanza, se los pone, se encierra y vuelve a caminar hacia la distancia que la separa de su cuerpo.
Por mucho, dispone de un pasado que la encuentra en el desvío y ya perdido, casi totalmente, los pies la encierran en su campo de retorno, el olor la sigue en la espesura hasta obstruir su camino, sin miedo siquiera lo aparta con firmeza, y desde allí se precipita hacia su propia oscuridad.
Sin luz ni lámpara, se ilumina por los ojos, se descubre de sus manos, se desvanece y surge como estatua detenida en el tiempo por el tiempo hasta su aparición en el descenso. Invisible, mueve las manos con apariciones dispares, hasta desaparecer el libro que la cubre. Sin mayor esfuerzo, se descubre su telón desde las tablas, sin pies ni cuerpo, un desnudo absoluto se aparece.
Retorna de la invasión vencida para convocar nuevas fuerzas y seguirse invadiendo. Sale del espacio hacia la ausencia disponiendo las manos en torno suyo, previendo sus posteriores movimientos. Viaja al agua por la tierra y un baño de sombra la descubre en el silencio de su despedida de la soledad arrancando con el paso firme hacia las aguas reposadas. Mezclada en el ambiente se asfixia un tanto en el aire y vuelve ya casi fundida al cielo abajo, azul. Cuando luz arriba desinhibe los reflejos, la noche no comienza en el silencio.